SER EL CUADRO

"Vos sos como un testigo, sos el que va al museo y mira los cuadros. Quiero decir que los cuadros están ahí y vos en el museo, cerca y lejos al mismo tiempo. Sin embargo, yo soy un cuadro. Vos creés que estás en la pieza, pero no estás. Sólo estás mirando la pieza”, escribió Cortázar.

La España que me insulta

No me avergüenza reconocer que me atrapa la soberbia, que me sube el amor propio – vértebra a vértebra-cuando dirijo una mirada a mi alrededor y me descubro sintiéndome intelectualmente superior a la media de la sociedad española. Me entristece conocer, sin embargo, que el mérito no se encuentra en mí, que no poseo una inteligencia extraordinaria ni una cultura excepcional, si no a la mediocridad, a la ignorancia, que invade a la mayoría.

Esta España mía, esta España nuestra1, poblada de gente sin inquietudes, sin ambiciones, sin cultura del esfuerzo, sin curiosidad, sin rebelión, ¡ni sangre! ¡Permanezcan impávidos ante sus televisores viendo cómo se ríen del trabajo y los logros de nuestros antepasados valientes! ¡Cambien de canal y distráiganse con las vidas de sus insulsos ídolos pertenecientes a programas de tv y equipos de fútbol! Dejen que sus hijos sean educados en un sistema sin educación, no se movilicen si rompen nuestra sanidad. ¿A quién le importa que los científicos investiguen para avanzar?

No nos aterra que alguien sea detenido por expresarse, ni la violencia de un desahucio, ni el miedo en una manifestación. ¡Ni siquiera nos molesta ver bolsillos llenos de nuestro dinero! ¡Dinero que tendrían que estar disfrutando nuestros derechos! No tenemos dignidad, la regalamos a cambio de no pensar, estamos muertos. Que se avergüencen de nosotros nuestros antecesores, que dirijan la mirada al suelo nuestros descendientes cuando hablen de nosotros, que evitemos el tema cuando nos recordemos nosotros mismos. No tenemos justificación, ni valores. No nos interesa pensar, quién quiere contrastar, no existe el pensamiento crítico.

Enseñen orgullosos su collar de adiestrados y repitan los ladridos de sus medios de comunicación, dirigidos por empresas interesadas en continuar con lo que les favorece. ¡Den su apoyo de nuevo a la enfermedad una vez estemos terminales! ¡Vuelvan a votar al Partido Popular después de todo! (Vosotros, adeptos de ideologías de derechas que jamás lo tuvisteis tan fácil como ahora con Ciudadanos. ¡Hasta podéis ir de fachitas progres, el cambio de careta sensato!) Y si surge cualquier atisbo mínimo de cambio, no lo duden, vuelvan a seguir las voces que les dominan, continúen con su esquizofrenia ignorante ¡cómanse a Rita Maestre por defender la religión lejos, muy lejos, de la educación pública! -donde siempre debió estar-. ¡Dios no ha muerto en esta España muerta! Y aún queda un encantador aroma, así, como del Régimen.

No me confundan, me gusta España –y lo pronuncio alejada de nacionalismos-. Me gusta la plurinacionalidad de este estado, la belleza de sus ciudades, el ambiente del sur, ¡las tapas!, me gustan libros que han surgido de manos aquí nacidas, ando enamorada de Barcelona -Mi Barcelona, ensombrecida hoy por otro tipo de adoctrinamiento político-. Critico esta sociedad en particular porque es la que conozco. Pero créanme que, sinceramente, me incomoda esa masa, la de la España que bosteza2. Me avergüenza, me insulta.

Y cada cierto tiempo, después de leer alguna noticia o conocer el resultado de algunas elecciones, pienso, casi con un aire vengativo: “tenemos lo que nos merecemos”. Pero seguidamente me corrijo y pienso “¡no!”. Yo estoy formada para ser una buena profesional, y mis compañeros también. Me gusta mi profesión, me esfuerzo en mejorar, quiero seguir especializándome, me merezco tener un trabajo digno cuando finalice, que no me condicionen el futuro, poder elegir si quedarme aquí o irme fuera, me merezco tener asegurada una calidad básica de vida. Yo no tengo lo que me merezco, tengo lo que su apatía ha decidido que me toca.

Soy conocedora de que mis palabras no son originales, es un discurso tan manido ya, ¡cuántas voces lo habrán pronunciado! Y sin embargo, continúa siendo aplicable. Me pregunto: “¿hasta cuándo?” y prefiero no saber la respuesta.

Pero, señores, no lo duden: continúen, no vayan más allá, no se informen, vuelvan a votar sin saber lo que votan, vuelvan a quedarse en casa porque no les interesa la política, y luego, quéjense. Pero no lo olviden: la culpa es suya.

 

 

1Canción “Mi querida España”, de Cecilia.

2Poema “Españolito”, de Antonio Machado.

 

Son muchas y a la vez solo son una

Carla entra en un hospital de la capital y se dirige hacia los vestuarios. Y en cuestión de minutos, los tacones estratosféricos se convierten en zuecos, los pitillos en un pijama blanco impoluto y el cabello queda recogido arriba, en lo alto. Tiene por delante doce horas de trabajo en las que tendrá que leer la historia de los pacientes, tomar constantes, preparar, cargar y repartir medicación, revisar, poner y quitar vías, curar heridas asegurándose de que todo sea estéril y observar su evolución… Quizás tenga que realizar hemocultivos si un paciente tiene fiebre, o sondar a última hora. Si tiene tiempo, hará las camas y realizará las higienes junto con la auxiliar. Y lo hará todo con entrega, sin pensar en su contrato eventual, en su sueldo inmerecido, ni en los recortes que han caído sobre enfermería y que hacen que tenga que llevar más pacientes de los que puede atender correctamente sin sentirse un mero técnico.

En una calle del norte de la ciudad condal, Aina camina hacia uno de los pisos que tiene que visitar hoy. El primer paciente es José, con 94 años de edad y una EPOC que angustia sus últimos días. Aina se encargará de sus úlceras, y también evaluará la evolución de los signos y síntomas del final de la vida. Después, se sentará a hablar con la familia y trabajará el proceso de duelo. “Quizás que fallezca es lo mejor que le puede pasar, lleva tiempo sufriendo mucho”, dice la hija de José. Aina toma su mano, “pero no sé si estoy preparada para vivir sin él”, y se le humedecen las pestañas.

Ismael, algo más cómodo desde su silla del ambulatorio, intentará que los pacientes crónicos, como aquellos con hipertensión, hipertrigliceridemia, diabetes u obesidad se adhieran al tratamiento -farmacológico y no farmacológico- realizando educación sanitaria y programando visitas posteriores. Durante la jornada, también llevará a cabo pruebas diagnósticas como electrocardiogramas o espirometrías u organizará actividades en su barrio para realizar prevención primaria y secundaria. Pondrá inyectables, vacunas, mirará la coagulación de algunos pacientes, curará el corte profundo de Pablo y tendrá una entrevista motivacional con Claudia, que se plantea dejar de fumar.

Lejos aún de todo ese mundo aséptico, pero más cerca de lo que imagina, Virginia, que cursa primero, tendrá que estudiar anatomía, fisiología, bioquímica, nutrición, biofísica, farmacología, comunicación terapéutica y una larga lista de asignaturas. Y, dentro de poco, será lanzada a un hospital casi sin conocimientos y tendrá que buscarse la vida entre protocolos y evidencia científica para poder trabajar gratis en las prácticas.

Todas ellas tendrán que llegar a casa y leer el informe que asegura que un 60% de los españoles no conoce qué hace una enfermera. Seguramente, se habrán enfrentado ya a las tan manidas preguntas de familiares, amigos y conocidos: “¿Y luego vas a hacer medicina?” “¿No te llegó la nota para ser médico?” “Una enfermera es la que ayuda al médico, ¿no?” Y no les culpo.

No les culpo porque llevan cierta razón, enfermería es una carrera comodín. Y así lo observo cada día, cuando, después de esperar a que se enfríe el café -nunca aprenderé a calentarlo el tiempo justo-, enervarme con las noticias, salir corriendo, siempre tarde, siempre siempre tarde, subir la sufrida cuesta, y llegar, por fin, a mi facultad, veo a mis 89 compañeros: médicos fallidos, veterinarios frustrados, dentistas malogrados… gente sin rumbo que ha acabado, por suerte o por desgracia, en una carrera que yo vivo, que yo disfruto, que yo siento hasta el tuétano. Porque yo, cuidando, igual que amando u odiando, lo hago muy fuerte. Hago mucho ruido. Y me pringo los guantes y los sentidos. Y vivo rodeada de emociones. Y admiro a los médicos, pero también a mis compañeros de profesión.

No les culpo porque nosotros mismos no hemos sido capaces de delimitar y aclarar nuestro rol. Medicina se encarga de diagnosticar los problemas de salud y pautar un tratamiento. Y todos lo entendemos. Enfermería “cuida”. Cuida; y parece que no cabe un espectro tan amplio en una simple palabra. Desde la enfermera pediátrica hasta la de salud mental pasando por la enfermera oncológica o la de urgencias y emergencias. Enfermeras son muchas y a la vez solo son una. La que cuida. La que se encarga, durante todo el ciclo vital de un individuo o grupo (familia/comunidad) de ayudar, esté sano (mediante la prevención y promoción de la salud) o enfermo, a realizar aquellas actividades que contribuyan a su salud, a su recuperación, o a lograr una muerte digna y que el paciente podría realizar sin ayuda si tuviera la fuerza, la voluntad o los conocimientos necesarios, y lo hace de tal forma que se le ayude a conseguir la independencia lo antes posible. La enfermería se centra en las respuestas de las personas y realiza sus labores a veces de manera autónoma y a veces en colaboración con otros profesionales de la salud, pero nunca es menos.

Nunca son menos, pero todas ellas tendrán que llegar a casa y leer el informe que asegura que un 60% de los españoles no conoce qué hacen las enfermeras. Y parece que nunca existió Florence Nightingale, no, jamás nadie asistió a los heridos durante la guerra de Crimea. Y Margaret Sanger no tuvo problemas con las autoridades de su país por abrir la primera clínica de planificación familiar y por promocionar el uso de anticonceptivos en las mujeres. Clermont es simplemente una calle.

Y T-O-D-A-S tendrán que llegar a casa y leer el informe que asegura que un 60% de los españoles no conoce qué hacen las enfermeras. Pero Pilar, que acaba de tener su primer hijo y ha vivido los últimos nueve meses enganchada a su matrona, sí lo sabe. Y María, que vive el tercer reingreso de una enfermedad que le asfixia, que hoy intentará comerse media naranja y controlar su impulso de forzarse el vómito, sí lo sabe. Y Sergio, que tuvo un accidente hace dos semanas y ha conocido lo que es estar en un hospital; y Natalia, que acude cada tarde después del trabajo y se queda a dormir dándole la mano a su padre, sí lo saben. Y Carmen, cuyo marido estuvo ingresado hace un mes y que hoy viene sola a contarnos que falleció la semana pasada y a agradecer el trabajo que hicimos por él, también lo sabe. Y quizás, con eso, ya es suficiente.

Romper con las raíces es derribar el árbol

Me acojona cómo muta mi vida. Hace poco era la niña más mimada del universo; con mi padre comprándome helados y mi madre presumiendo de mi inteligencia. Por aquel entonces, yo era terriblemente inocente y terriblemente confiada.

Últimamente me sorprendo a mí misma recordando episodios felices de mi infancia. Y pienso a menudo que se trata de una especie de mecanismo de autodefensa para que los últimos recuerdos de mi padre no sean los de sus últimos años; que no todo fue tan malo siempre.

Mi padre era totalitario, petulante, cascarrabias y tenía la boca siempre llena de navajas. Nunca tuvo estrella: su familia sufrió las consecuencias de una guerra, no tenía estudios y vino desde el sur a buscarse la vida curtiéndose el lomo en la ciudad en la que me lo dio todo hecho. Si yo hoy soy completamente sana, completamente autosuficiente y completamente valiente, es gracias a él.

Recuerdo algunas de nuestras sobremesas en las que, viendo el telediario, disfrutaba odiándole íntimamente entre nuestras diferencias tan rutinarias: el ex franquista y la perroflauta. Le decía que las políticas sociales, que salud y república, que el arte, que abajo la banca, que arriba la libertad sexual e iba repitiendo mi diatriba de roja ya con el único fin de molestarle.

Sé pensar, tengo información y eso me hace independiente, y es extraño porque él fue el que me costeó los libros que sustentan las ideas con las que me enfrentaba a él; y mi revolución se la debo al hombre más conservador que conocí, que nunca me inculcó lo que ahora defiendo.

Yo a mi padre le he perdonado con indulgencia todas las veces que me hizo acabar con los ojos acuosos. Ahora recuerdo y sonrío: cuando me recostaba a su lado en la cama mientras dormía, cómo le decía a su enfermera que él ya tenía a una que le cuidaba, que para qué quería más; y cómo mostraba aquella horrible foto en la que una mini yo salía disfrazada y decía con orgullo que era su hija, aun entre la confusión mental de los últimos días.

Siempre he sido una pésima sucesora. Fumo demasiado, bebo todo lo que puedo y me dedico a cometer errores nuevos. Con mi risa de cascabel y los ojos negros que me convierten la mirada en profunda y letal, gesticulo con la única mano libre que me deja el sempiterno cigarro y hablo quizás de aquel francés al que le dejé mi número en un folio el último día de vacaciones, de los pequeños ataques lésbicos en mis garitos preferidos o me quejo por vicio. Pero jamás nombro nada de aquella larga época en la que podía haber pasado por una de las mujeres de los cuadros de Hopper, con la atmósfera de soledad, fragilidad y angustia rodeándome siempre, con la lejanía de estar perdida en una misma. Tampoco resucito aquel “parada cardíaca” en el que lo perdí todo. Porque pienso que no lo merecen, que no van a entender. Pero replico a Sabines y le digo que no, que al final no se me hizo llagas el cuerpo solo, ni se me cayó la carne trozo a trozo, en aquella lejía, en aquella muerte. Al final, simplemente, permanecí impávida y me dejé sobrevivir a aquello.

Yo no tengo los genes de mi padre, pero tengo toda su garra, toda su fuerza y toda su bravura en mi interior. Me quiero por los dos, cuando pienso que él no permitiría que me dañaran. Entonces me salen alas de las escapulas, se me llenan de orgullo los pulmones, me inunda mi soberbia de gata persa y me crece el amor propio vértebra a vértebra. Cómo voy a echarle de menos, si se ha quedado a vivir en mí.

Y ahora, que me abandonó la inocencia, que me he vuelto desconfiada y terriblemente insoportable, egocéntrica y altiva, me sorprendo pareciéndome cada vez más al hombre del que antes renegaba y repitiendo algunas de sus frases como si las hubiera convertido en himno, mientras acumulo colillas en el que antes era su cenicero. Pero yo, sigo siendo de izquierdas –y, como dijo Gil de Biedma, a veces, incluso, ejerzo, ejerzo…-

Progreso.

Parecen hombres trajeados y titulares de “Grecia Terrorista” o “Esos muertos de hambre no quieren pagar” pero en realidad es una guerra.