Romper con las raíces es derribar el árbol

por miriamexposito

Me acojona cómo muta mi vida. Hace poco era la niña más mimada del universo; con mi padre comprándome helados y mi madre presumiendo de mi inteligencia. Por aquel entonces, yo era terriblemente inocente y terriblemente confiada.

Últimamente me sorprendo a mí misma recordando episodios felices de mi infancia. Y pienso a menudo que se trata de una especie de mecanismo de autodefensa para que los últimos recuerdos de mi padre no sean los de sus últimos años; que no todo fue tan malo siempre.

Mi padre era totalitario, petulante, cascarrabias y tenía la boca siempre llena de navajas. Nunca tuvo estrella: su familia sufrió las consecuencias de una guerra, no tenía estudios y vino desde el sur a buscarse la vida curtiéndose el lomo en la ciudad en la que me lo dio todo hecho. Si yo hoy soy completamente sana, completamente autosuficiente y completamente valiente, es gracias a él.

Recuerdo algunas de nuestras sobremesas en las que, viendo el telediario, disfrutaba odiándole íntimamente entre nuestras diferencias tan rutinarias: el ex franquista y la perroflauta. Le decía que las políticas sociales, que salud y república, que el arte, que abajo la banca, que arriba la libertad sexual e iba repitiendo mi diatriba de roja ya con el único fin de molestarle.

Sé pensar, tengo información y eso me hace independiente, y es extraño porque él fue el que me costeó los libros que sustentan las ideas con las que me enfrentaba a él; y mi revolución se la debo al hombre más conservador que conocí, que nunca me inculcó lo que ahora defiendo.

Yo a mi padre le he perdonado con indulgencia todas las veces que me hizo acabar con los ojos acuosos. Ahora recuerdo y sonrío: cuando me recostaba a su lado en la cama mientras dormía, cómo le decía a su enfermera que él ya tenía a una que le cuidaba, que para qué quería más; y cómo mostraba aquella horrible foto en la que una mini yo salía disfrazada y decía con orgullo que era su hija, aun entre la confusión mental de los últimos días.

Siempre he sido una pésima sucesora. Fumo demasiado, bebo todo lo que puedo y me dedico a cometer errores nuevos. Con mi risa de cascabel y los ojos negros que me convierten la mirada en profunda y letal, gesticulo con la única mano libre que me deja el sempiterno cigarro y hablo quizás de aquel francés al que le dejé mi número en un folio el último día de vacaciones, de los pequeños ataques lésbicos en mis garitos preferidos o me quejo por vicio. Pero jamás nombro nada de aquella larga época en la que podía haber pasado por una de las mujeres de los cuadros de Hopper, con la atmósfera de soledad, fragilidad y angustia rodeándome siempre, con la lejanía de estar perdida en una misma. Tampoco resucito aquel “parada cardíaca” en el que lo perdí todo. Porque pienso que no lo merecen, que no van a entender. Pero replico a Sabines y le digo que no, que al final no se me hizo llagas el cuerpo solo, ni se me cayó la carne trozo a trozo, en aquella lejía, en aquella muerte. Al final, simplemente, permanecí impávida y me dejé sobrevivir a aquello.

Yo no tengo los genes de mi padre, pero tengo toda su garra, toda su fuerza y toda su bravura en mi interior. Me quiero por los dos, cuando pienso que él no permitiría que me dañaran. Entonces me salen alas de las escapulas, se me llenan de orgullo los pulmones, me inunda mi soberbia de gata persa y me crece el amor propio vértebra a vértebra. Cómo voy a echarle de menos, si se ha quedado a vivir en mí.

Y ahora, que me abandonó la inocencia, que me he vuelto desconfiada y terriblemente insoportable, egocéntrica y altiva, me sorprendo pareciéndome cada vez más al hombre del que antes renegaba y repitiendo algunas de sus frases como si las hubiera convertido en himno, mientras acumulo colillas en el que antes era su cenicero. Pero yo, sigo siendo de izquierdas –y, como dijo Gil de Biedma, a veces, incluso, ejerzo, ejerzo…-

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