Son muchas y a la vez solo son una

por miriamexposito

Carla entra en un hospital de la capital y se dirige hacia los vestuarios. Y en cuestión de minutos, los tacones estratosféricos se convierten en zuecos, los pitillos en un pijama blanco impoluto y el cabello queda recogido arriba, en lo alto. Tiene por delante doce horas de trabajo en las que tendrá que leer la historia de los pacientes, tomar constantes, preparar, cargar y repartir medicación, revisar, poner y quitar vías, curar heridas asegurándose de que todo sea estéril y observar su evolución… Quizás tenga que realizar hemocultivos si un paciente tiene fiebre, o sondar a última hora. Si tiene tiempo, hará las camas y realizará las higienes junto con la auxiliar. Y lo hará todo con entrega, sin pensar en su contrato eventual, en su sueldo inmerecido, ni en los recortes que han caído sobre enfermería y que hacen que tenga que llevar más pacientes de los que puede atender correctamente sin sentirse un mero técnico.

En una calle del norte de la ciudad condal, Aina camina hacia uno de los pisos que tiene que visitar hoy. El primer paciente es José, con 94 años de edad y una EPOC que angustia sus últimos días. Aina se encargará de sus úlceras, y también evaluará la evolución de los signos y síntomas del final de la vida. Después, se sentará a hablar con la familia y trabajará el proceso de duelo. “Quizás que fallezca es lo mejor que le puede pasar, lleva tiempo sufriendo mucho”, dice la hija de José. Aina toma su mano, “pero no sé si estoy preparada para vivir sin él”, y se le humedecen las pestañas.

Ismael, algo más cómodo desde su silla del ambulatorio, intentará que los pacientes crónicos, como aquellos con hipertensión, hipertrigliceridemia, diabetes u obesidad se adhieran al tratamiento -farmacológico y no farmacológico- realizando educación sanitaria y programando visitas posteriores. Durante la jornada, también llevará a cabo pruebas diagnósticas como electrocardiogramas o espirometrías u organizará actividades en su barrio para realizar prevención primaria y secundaria. Pondrá inyectables, vacunas, mirará la coagulación de algunos pacientes, curará el corte profundo de Pablo y tendrá una entrevista motivacional con Claudia, que se plantea dejar de fumar.

Lejos aún de todo ese mundo aséptico, pero más cerca de lo que imagina, Virginia, que cursa primero, tendrá que estudiar anatomía, fisiología, bioquímica, nutrición, biofísica, farmacología, comunicación terapéutica y una larga lista de asignaturas. Y, dentro de poco, será lanzada a un hospital casi sin conocimientos y tendrá que buscarse la vida entre protocolos y evidencia científica para poder trabajar gratis en las prácticas.

Todas ellas tendrán que llegar a casa y leer el informe que asegura que un 60% de los españoles no conoce qué hace una enfermera. Seguramente, se habrán enfrentado ya a las tan manidas preguntas de familiares, amigos y conocidos: “¿Y luego vas a hacer medicina?” “¿No te llegó la nota para ser médico?” “Una enfermera es la que ayuda al médico, ¿no?” Y no les culpo.

No les culpo porque llevan cierta razón, enfermería es una carrera comodín. Y así lo observo cada día, cuando, después de esperar a que se enfríe el café -nunca aprenderé a calentarlo el tiempo justo-, enervarme con las noticias, salir corriendo, siempre tarde, siempre siempre tarde, subir la sufrida cuesta, y llegar, por fin, a mi facultad, veo a mis 89 compañeros: médicos fallidos, veterinarios frustrados, dentistas malogrados… gente sin rumbo que ha acabado, por suerte o por desgracia, en una carrera que yo vivo, que yo disfruto, que yo siento hasta el tuétano. Porque yo, cuidando, igual que amando u odiando, lo hago muy fuerte. Hago mucho ruido. Y me pringo los guantes y los sentidos. Y vivo rodeada de emociones. Y admiro a los médicos, pero también a mis compañeros de profesión.

No les culpo porque nosotros mismos no hemos sido capaces de delimitar y aclarar nuestro rol. Medicina se encarga de diagnosticar los problemas de salud y pautar un tratamiento. Y todos lo entendemos. Enfermería “cuida”. Cuida; y parece que no cabe un espectro tan amplio en una simple palabra. Desde la enfermera pediátrica hasta la de salud mental pasando por la enfermera oncológica o la de urgencias y emergencias. Enfermeras son muchas y a la vez solo son una. La que cuida. La que se encarga, durante todo el ciclo vital de un individuo o grupo (familia/comunidad) de ayudar, esté sano (mediante la prevención y promoción de la salud) o enfermo, a realizar aquellas actividades que contribuyan a su salud, a su recuperación, o a lograr una muerte digna y que el paciente podría realizar sin ayuda si tuviera la fuerza, la voluntad o los conocimientos necesarios, y lo hace de tal forma que se le ayude a conseguir la independencia lo antes posible. La enfermería se centra en las respuestas de las personas y realiza sus labores a veces de manera autónoma y a veces en colaboración con otros profesionales de la salud, pero nunca es menos.

Nunca son menos, pero todas ellas tendrán que llegar a casa y leer el informe que asegura que un 60% de los españoles no conoce qué hacen las enfermeras. Y parece que nunca existió Florence Nightingale, no, jamás nadie asistió a los heridos durante la guerra de Crimea. Y Margaret Sanger no tuvo problemas con las autoridades de su país por abrir la primera clínica de planificación familiar y por promocionar el uso de anticonceptivos en las mujeres. Clermont es simplemente una calle.

Y T-O-D-A-S tendrán que llegar a casa y leer el informe que asegura que un 60% de los españoles no conoce qué hacen las enfermeras. Pero Pilar, que acaba de tener su primer hijo y ha vivido los últimos nueve meses enganchada a su matrona, sí lo sabe. Y María, que vive el tercer reingreso de una enfermedad que le asfixia, que hoy intentará comerse media naranja y controlar su impulso de forzarse el vómito, sí lo sabe. Y Sergio, que tuvo un accidente hace dos semanas y ha conocido lo que es estar en un hospital; y Natalia, que acude cada tarde después del trabajo y se queda a dormir dándole la mano a su padre, sí lo saben. Y Carmen, cuyo marido estuvo ingresado hace un mes y que hoy viene sola a contarnos que falleció la semana pasada y a agradecer el trabajo que hicimos por él, también lo sabe. Y quizás, con eso, ya es suficiente.

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